Sucedió en Guadalajara, julio
No es de hecho un placer propio, pero es necesidad contarlo de la forma percibida, dejar a un lado los detalles físicos y concentrarse en los provocados.
Describir por qué dos cuerpos, femenino y masculino, se encontraban esa noche, a esa hora, en esa penumbra, no añade ni resta, pero puede ser que solo estorbe. Un beso prolongado, regularmente inicia todo; descubrir la intimidad de un sexo ávido por ser complacido es naturalmente el siguiente paso. Un abrazo, hecho secuaz con la noche, dan refugio al ejercicio imperioso del deseo. No hay inhibición en sus movimientos, a las parejas cercanas tal vez no les importe, y aún si fuese así, no importa: si las mentes de ellos dos se desviaran en pensar en tales cosas quebraría la perfección de la burbuja y secaría, en mas de un sentido, la afición que sabrá el cielo, con todo y su nublada faz, como inició.
Para que dar más explicación. Parados ambos contra el portón, las caderas de ella, moviéndose en ritmo exacerbado, daban patente del cúmulo de sensaciones en enjambre. El ángulo de las piernas, aumentaba o disminuía en gravedad mientras la mano, el brazo, de él permanecían en al anonimato. No hacen falta radiografías ni pedir opiniones alternativas, el voluptuoso vaivén evidenciaba el ansia del deseo no resuelto, de dar fin al sufrimiento que deleita, pero que irremediablemente debe morir. Tal vez el pudor me impidió concluir con mis observaciones hasta el final de lo acontecido, pero además puedo argumentar que he preferido dejar ese instante para que sea una imagen infinita, un bucle en mi mente que se repetirá cuando yo lo prefiera. En una mente que gusta de estribillos y tonadas simples, el captar más detalles complicaría ese recuerdo, que el tiempo se entretendría en deformar.
Para una ciudad que se jacta de seguir los preceptos conservaduristas religiosos vigentes ¿sería pecado esta situación? ¿ilegal ante la ley? espero que no, porque cuando la carne se abre camino, es fútil contradecirla, pues el deseo es más ancestral que nuestros ojos, piernas, boca, piel, incluso más que respirar, e impedir su innegable avance no sería mas torpe que castrar al semental o enclaustrar a la doncella.
Huelga decir que mi mente no ha sido menos ajena a esta escena que leer de un beso en la novela o saber de la existencia de un nuevo átomo en el infinito, no reaccioné más que con una sonrisa ante el ámbito en el que ésta ocurría. La casualidad me tomó por sorpresa, no queda más que ser testigo y dejar crónica de lo ocurrido.

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