El jardín de los senderos que me bifurcan
La noche y la soledad me hacen sentir de vez en vez en un jardín con senderos que se bifurcan. Unas veces estos me llevan al pasado, otras veces me dejan exactamente donde comencé. Si me detengo en mis pensamientos, la sensación de estar entre dos espejos colocados cara a cara me producen el vértigo de no esperar llegar más allá de donde se origina el reflejo (ninguno me borra, ninguno me ve nacer de nuevo).
Por ello es que suelo moverme sin sentido, sin meta, sin esperanza de llegar a un lugar particular.
El jardín crece conforme avanzo (¿o retrocedo?), intrincando el destino de cada vereda y cada claro al que llego. Los arbustos que forman los flancos son a veces paredes sólidas y a veces atajos a un nuevo corredor que posiblemente ya he transitado, las hojas son en ocasiones voces del presente o del pasado, voz de mi madre, de mi padre o de una vieja de la que recibí algún consejo y pueden permanecer verdes en sus ramas o yacer amarillas e inertes en el suelo.
Tal vez sea por el susurro de Borges que lo veo como un jardín, en lugar de un desierto o un oceano o una ciudad perdida. Se que moriré y mi cuerpo yacerá a un costado del camino, donde se corromperá y las raíces beberán mi esencia (habrá un cúmulo de hongos que crecerá sobre mi frente). El final del jardín, el límite con otra realidad es algo que se me antoja como inverosímil, pero que me gustaría algún buen día dejar de considerarlo, en mis adentros, como plausible.(Imagen: Flickr)
Cd. de México: La ciudad Saturno
